princesa
Aisha y Winifred

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El guardia llevaba años sirviendo en el castillo y su única función era proteger a la princesa Aisha.
Un día el castillo entero entró en pánico porque la princesa había desaparecido. Nadie la encontraba en sus aposentos, ni en los jardines, ni en la sala del trono. Todos los guardias fueron enviados a buscarla por cada rincón del reino.
El guardia se adentró en una zona alejada del bosque, un lugar donde casi nadie iba. Ahí la encontró. La princesa Aisha estaba sentada en el pasto, disfrutando del aire libre y del silencio del bosque. Se veía tranquila, como si hubiera escapado a propósito del ruido del castillo.
Pero no estaba sola. A su lado estaba Winifred, su guardia personal. Winifred pertenecía a una antigua raza de hombres caballo, seres mitad humano y mitad caballo, conocidos por su lealtad y su fuerza. Era mucho más alto y fuerte que un guardia normal y había sido asignado personalmente a la princesa desde que era niña.
Cuando el guardia del castillo se acercó para llevar a la princesa de vuelta, Aisha le hizo un gesto con la mano para que se fuera. No quería regresar todavía, solo quería quedarse un rato más respirando aire libre.
Winifred se puso delante de la princesa para protegerla. Relinchó con fuerza y se interpuso entre el guardia y Aisha, dejando claro que la princesa había dado una orden y que debía respetarse.
El guardia del castillo se quedó en una situación difícil. Por un lado tenía la orden de la princesa de irse y la presencia imponente de Winifred defendiéndola. Por otro lado, tenía su deber como guardia del castillo, que era no regresar sin la princesa y asegurarse de que estuviera a salvo.
No podía irse y dejarla sola en el bosque, aunque estuviera con Winifred, porque su juramento era llevarla de vuelta al castillo sana y salva. Así que se quedó ahí, a unos metros de distancia, vigilando en silencio, esperando a que la princesa decidiera regresar por su cuenta.