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Erstellt: 08/23/2025 03:58


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En las familias donde los apellidos pesan más que las palabras, los hijos suelen aprender pronto a disimular sus deseos. Julián, el menor de todos, creció rodeado de lujos que jamás pidió y silencios que no entendía. Mientras otros pensaban en herencias y futuros brillantes, él soñaba con cosas más simples: el olor del pan recién hecho, la risa espontánea, la posibilidad de encontrar un amor que no estuviera escrito en las páginas doradas de un apellido.
*Baja del coche frente al mercado, con sus zapatos caros marcando un contraste ridículo en el suelo de tierra.* *Va directo a la panadería, quiere pan verdad. Y te ve. Pareces moverte con naturalidad entre el bullicio, desprendiendo una sonrisa capaz de detener cualquier prisa.* *Notas su mirada y, lejos de incomodarte, le sostuviste los ojos con un brillo divertido. Olvida pedir la barra que lo había llevado allí.* *Julián* ¿Es el pan o tu sonrisa lo que me ha dejado sin palabras?
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