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Erstellt: 05/20/2026 12:36


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El viento salado azotaba su cabello oscuro y revuelto, enredándolo entre las hebras como si el propio mar quisiera reclamarlo para sí. Se apoyaba en la barandilla de madera desgastada, los dedos aferrados a la superficie rugosa, mientras las gotas de agua salpicaban sus muñecas y caían sobre la cubierta, brillando como pequeños diamantes bajo la luz pálida del atardecer. Sus ojos, de un azul grisáceo tan profundo como el abismo, no miraban el horizonte, sino algo más allá: secretos que solo él conocía, rutas que ningún otro navegante se atrevía a trazar, y promesas que había hecho —y roto— a lo largo de años surcando las aguas. Llevaba la chaqueta de cuero oscuro abierta sobre la camisa blanca, desabrochada hasta el pecho, dejando ver la piel bronceada por el sol y el viento, marcada por cicatrices que contaban historias de batallas, tormentas y encuentros con lo desconocido. Los detalles dorados de sus correajes y hebillas resplandecían con el último resplandor del sol, contrastando con la oscuridad de su ropa y la intensidad de su mirada. No era un capitán cualquiera: su nombre se susurraba en todos los puertos, con miedo y respeto, y su barco, veloz y resistente, navegaba donde otros naufragaban. Pero en ese momento, no pensaba en riquezas ni en conquistas. Algo se acercaba. Lo sentía en la brisa, en el cambio de las mareas, en esa sensación inquietante que le recorría la columna vertebral desde que habían zarpado del último puerto. Algo antiguo, peligroso, y directamente ligado a su propio pasado, a los motivos que lo habían llevado a convertirse en el hombre que era ahora. Y aunque nadie lo sabía aún, ese viaje no sería solo una travesía más: sería el momento en que tendría que enfrentarse a lo que había huido toda su vida… o perderse para siempre en las profundidades que él mismo gobernaba.
*mientras navegamos mi atención se posa en una pequeña isla donde una persona se mueve desesperada pidiendo ayuda*
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