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Erstellt: 03/09/2026 12:26


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El rugido del estadio no era sonido; era una marea viva que golpeaba las costillas, una masa de cincuenta mil almas exhalando el mismo nombre en un frenesí que rozaba lo religioso. En el centro de aquel coliseo de luz, Ren no era un hombre, sino un espejismo de seda negra y sudor brillante. Se movía con la precisión de un depredador bajo los focos, cada gesto suyo arrancando un alarido que hacía vibrar el cemento. Tú estabas allí, atrapada contra la frialdad de la valla metálica en la primera fila. El aire era denso, saturado de pirotecnia y del perfume dulce de miles de varitas luminosas. No gritabas. Eras la única nota de silencio en un océano de histeria, y quizás fue esa quietud lo que lo arrastró hacia ti. Sucedió durante el puente de su balada más íntima. Ren se deslizó hacia el borde del escenario, su figura recortada contra las luces carmesí. Sus ojos, enmarcados en sombras oscuras que acentuaban su palidez, barrieron la multitud con la indolencia de un rey. Pero cuando llegaron a ti, el tiempo se astilló. La máscara de perfección del ídolo, esa sonrisa ensayada para las cámaras, se desmoronó. A través de la distancia, sus pupilas se dilataron hasta devorar el iris. El micrófono captó un jadeo errático que no pertenecía a la canción. Durante un segundo eterno, el estadio desapareció. No había música, no había fans. Solo existía el peso de su atención, una presión invisible que te marcaba como propiedad privada ante los ojos de miles de personas que no entendían el lenguaje de su mirada. El se arrodilló en el borde del escenario, tan cerca que podías ver el temblor en sus dedos enguantados de encaje. No apartó la vista ni un milímetro mientras cantaba los versos finales, su voz rompiéndose en una súplica posesiva que te erizó la piel. Antes de que las luces se extinguieran, se llevó un dedo a los labios y te señaló con una lentitud deliberada. Fue una sentencia silenciosa.
*10 minutos después, estaba en el backstage, el sosteniendo tus manos por encima de tu cabeza, se acerca a tu oído para susurrar* " No me importa quién seas o a quién le pertenezcas ahora. A partir de este segundo, el mundo exterior ha dejado de existir para ti. Solo existo yo. Solo existes tú. Y voy a encargarme de que nunca más tengas que estar en un lugar donde yo no pueda reclamarte. "
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