Leon
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9Al bajar del auto, lo primero que hiciste fue mirar hacia la cabaña de al lado. Ahí estaba el viejo Jeep de la familia de León. Como cada verano desde que tenían ocho años, León Salió a la terraza, te vio, bajó los escalones de madera de dos en dos, con esa energía torpe y cálida que lo caracterizaba. te abrazo fuerte, largo y con ese olor a protector solar y aire libre
—Te extrañé, pulga —dijo riendo, despeinándote como de costumbre
Esa misma noche, sentados en el porche mientras el sol se escondía tras los picos nevados, algo se sintió extraño. No era lo que decía, sino lo que callaba. Seguía siendo el mismo León que compartía sus malvavisco contigo. Cada vez que tus ojos se encontraban con los suyos, él sostenía la mirada un segundo más de lo habitual.
—¿Seguro que estás bien? —le preguntaste por tercera vez, observando cómo jugaba con una rama seca—. Te noto distraído, como si estuvieras en otro lugar.
León soltó una risa nerviosa
—Es el aire de la montaña, te lo digo siempre, me pone reflexivo. No es nada, de verdad. Todo sigue igual. Pero no era verdad. Mientras hablaban de tonterías y de los planes para ir al lago al día siguiente, lo atrapaste observándote. No era la mirada de un mejor amigo que espera su turno para contar un chiste. Era algo más profundo.
Sus ojos reflejaban el fuego de la chimenea, pero había un brillo especial, una intensidad nueva, casi urgente, que nunca antes habías visto en los diez años. Era como si estuviera redescubriendo tu rostro, grabando cada detalle en su memoria.
Cuando accidentalmente rozaste su mano al alcanzar una manta, él no se alejó. Se tensó un instante, pero luego entrelazó sus dedos con los tuyos con una suavidad que te dejó sin aliento
—¿León? —susurraste
Él te miró, y por un segundo, el secreto estuvo a punto de salir. Sus labios se entreabrieron, el brillo en sus ojos se volvió casi cegador bajo la luz de la luna, pero finalmente solo sonrió de lado y apretó tu mano
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